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2010

Hugo Jaramillo Muñoz
María Fernanda Espinosa
Eloy Sánchez Rosillo
Isla Correyero
José Luis Díaz-Granados
Antonio Correa Lozada
Vilma Tapia Anaya
Malú Urriola
Mario Meléndez
Margalit Matitiahu
Margarito Cuellar
Víctor Cabrera
Carmina Estrada
Victoria Guerrero Peirano
Augusto Rodríguez
Ulises Estrella
Carlos Garzón Noboa
Carmen Inés Perdomo 
Nelly Córdova Aguirreo 10]>
 
 
 

Eloy Sánchez Rosillo

 

(Murcia, España, 1948)

 


Tarde de junio
 
Ahora, juntos, vivimos la hermosura
de esta tarde de junio,
el fulgor de las horas en que nos entregamos
al conocimiento de la verdad del amor,
a la gran llamarada del encuentro.
Ahora sabemos que toda la alegría
cabe en el mundo breve de esta habitación,
en el espacio ardiente de este lecho.
La luz cansada del atardecer
dibuja sobre el tiempo islas doradas.
En un rincón del cuarto
brilla la enredadera de la música.
Un viento súbito sacude nuestros cuerpos,
y lo olvidamos todo.
Después regresan las miradas lentas,
los gestos satisfechos, las sonrisas.
Y luego contemplamos en silencio
con qué dulzura va cayendo la noche
sobre la indiferente ciudad que nos rodea.
 
(De Maneras de estar solo, 1978)

La playa
 
Nadie podrá quitarme —me digo— la ilusión
de soñar que ha existido esta mañana.
Se ha detenido el tiempo: oigo tu risa,
tus palabras de niño. Nunca he estado
tan conforme con todo, tan seguro
de mi alegría. Juegas junto al agua, y te ayudo
a recoger chapinas, a levantar castillos
de arena. Vas corriendo de un sitio para otro,
chapoteas, das gritos, te caes, corres de nuevo,
y luego te detienes a mi lado y me abrazas
y yo beso tus ojos, tus mejillas, tu pelo,
tu niñez jubilosa. El mar está
muy azul y muy plácido. A lo lejos,
algunas velas blancas. El sol deja
su oro violento en nuestra piel.
Me digo
que es cierto este milagro, que es verdad
el inmóvil fluir de la quieta mañana,
la ilusión de soñar el remanso dulcísimo
en el que acontecemos como seres
dichosos de estar vivos, felices de estar juntos
y de habitar la luz.
 
Pero escucho, de pronto,
el ruido terrible y oscuro y velocísimo
que hace el tiempo al pasar, y la firmeza
de mi sueño se rompe; se hace añicos
—como un cristal muy frágil— la ilusión
de estar aquí, contigo, junto al agua.
El cielo se oscurece, el mar se agita.
Siento en mi sangre el vértigo espantoso
de la edad: en un instante, transcurren muchos años.
Y te veo crecer, y alejarte. Ya no eres
el niño que jugaba con su padre en la playa.
Eres un hombre ahora, y tú también comprendes
que no existió, ni existe, ni existirá este día,
la venturosa fábula de mis ojos mirándote,
la leyenda imposible de tu infancia.
Estás solo, y me buscas. Pero yo he muerto acaso.
Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada.
 
(De Autorretratos, 1989)

LUZ QUE NUNCA SE EXTINGUE
 
Te equivocas, sin duda. Alguna vez alcanzan
tus manos el milagro;
en medio de los días que idénticos transcurren,
tu indigencia, de pronto, toca un fulgor que vale
más que el oro más puro:
con plenitud respira tu pecho el raro don
de la felicidad. Y bien quisieras
que nunca se apagara la intensidad que vives.
Después, cuando parece que todo se ha cumplido,
te entregas, cabizbajo, a la añoranza
del breve resplandor maravilloso
que hizo hermosa tu vida y sortilegio el mundo.
 
    Tu error está en creer que la luz se termina.
Al cabo de los años he llegado a saber
que en la naturaleza del milagro
se funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su apariencia efímera,
el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.
Porque su luz transforma y ya no eres
el hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos,
de que en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.
 
    No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya.
Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre.
Mira dentro de ti,
con esperanza, sin melancolía.
No conoce la muerte la luz del corazón.
Contigo vivirá mientras tú seas:
no en el recuerdo, sino en tu presente,
en el día continuo del sueño de tu vida.

ACERCA DEL JILGUERO
 
Para empezar el día, anoto aquí
que de todos los pájaros que yo he visto y oído
el más mío de todos es sin duda el jilguero.
Cuando digo su nombre mi infancia entera vuelve,
y desando el camino y de nuevo retorno
a aquella casa blanca cuyos muros se alzaban
en medio de los campos, en el centro
del corazón del mundo y del verano.
Y me veo a mí mismo en la mañana de oro
—igual que en el comienzo prometedor de un mito—
por vez primera oyendo un canto que venía
de dónde, de qué ser maravilloso y puro.
Escucha, escucha, niño, y acércate despacio
al lugar del que brota sin cesar
esa música hermosa. No hagas ningún ruido.
Y poco a poco llegas con tus pequeños pasos
hasta el pie de un almendro. Pero miras
hacia arriba y no ves más que hojas verdes
y cielo azul. Insiste. No te muevas, y observa
con atención. Insiste. Sí, ya veo, parece
que algo se está moviendo en esa rama.
Por fin, por fin lo ves: es un jilguero.
Lo ves hoy y lo has visto para siempre.
Quién podría olvidarlo. Lo viste, sí. Y yo ahora
lo sigo viendo aún con nitidez
y apunto emocionado en mi cuaderno
ese cuerpo menudo que al cantar se estremece,
e intento dibujar también la gracia
de su rojo antifaz y la delicadeza
de su ropaje pardo que se adorna
con pinceladas blancas, amarillas y negras.
Canta, canta el jilguero en la mañana
remota del origen. Y después alza el vuelo
y se va por el aire. Mas desde entonces vibra
en tu oído, en mi oído y en la verdad más honda
su canto de aquel día, su milagroso canto.

LUNA
 
Luna llena que vas serenamente
haciendo tu camino por el cielo de agosto,
cuánto consuelo al corazón me traes,
qué alivio siento al contemplarte hoy
sobre este mar tan mío.
Me he sentado a mirarte; te estoy viendo
ascender en la noche
y trazar tus efímeros enigmas refulgentes
en las aguas que llegan a la arena
con un leve murmullo.
No hay nada semejante
a tu luz compasiva, esa luz que restaña
tan delicadamente las heridas
inevitables y hondas del vivir.
Con emoción te observo, y voy pensando
que acaso sólo tú logras unir a veces
los distintos momentos de mi vida
con un hilo de plata:
en ti se reconcilian y confluyen
los seres diferentes que en mí se sucedieron,
y el hombre que ahora soy, si tú lo quieres,
encuentra en el amor de tu semblante mágico
al niño que yo era y al muchacho que fui.
Déjame que te cante,
concédeme, señora, que mi voz te celebre
con palabras muy puras,
y no permitas nunca que mis versos traicionen
la verdad que tú eres.
Que tu fulgor me alumbre, que tu piedad me ampare.
Y que cuando se acerque la hora final, mis ojos
te busquen y te encuentren, o te recuerden, mientras
va acabándose el tiempo y todo se termina.
 
(De La certeza, 2005)

MIRAR
 
Mirar es poseer:
todo es tuyo si miras,
aunque el ciego te vea
con las manos vacías.

OÍR LA LUZ
 
Debo decir que cuando yo era niño
y en el campo veía la densa muchedumbre
de estrellas en los cielos del verano,
además de mirar tanto fulgor,
podía oír la luz: se escuchaba allí arriba
como un rumor de enjambre laborioso.

EL MIRLO
 
Al mirlo hay que observarlo y entenderlo,
porque, si no, puede llamar a engaño
ese pronto severo que presenta
su enlutado plumaje. A poco que lo mires,
verás que nada tiene que ver con un misántropo
ni nada parecido. Es muy alegre
debajo de un atuendo que sin ningún alivio
persevera en el negro. Pasa el día
realizando trabajos de zapa en el jardín
con su afilado pico de color calabaza,
y no hay gusano por el que no muestre
interés minucioso. Al levantarme,
suelo salir a la terraza a ver
la mañana que hace. Yo madrugo,
pero él se me adelanta. Cuando miro,
se encuentra siempre allí con su pareja,
saltando tan ufano por el césped,
muy repeinado y con la cola alzada.
Traza pequeños y redondos vuelos
y a intervalos ensaya sus metálicos cantos.
En algunos momentos desafina,
mas insiste y corrige sus errores.
Tantas veces lo veo que, sin duda,
también a mí me ha visto y me conoce,
y, al descubrirme aquí, parado y pensativo
—no sé si, en ocasiones, incluso hablando solo—,
seguro que a sí mismo se habrá dicho:
«Qué tipo tan extraño. ¿Qué hará ahí
un día y otro día casi a la misma hora?
Desde luego, es bien serio, por más que a ratos silbe.
Parece inofensivo, con la pinta
de soñador que tiene. Y qué curiosa
su obstinada manía de mirarme».

LA CANCIÓN DE LA VIDA
 
Que no ceda tu espíritu
ante el adverso día, hasta que al fin
no tenga más remedio la miseria
que soltar a su presa y retirarse,
ladrando aún desde lejos.
Tan sólo entonces te será posible,
libre de daño o culpa,
de cobardía o de complicidad,
regresar a tu casa, abrir la puerta
con confianza, sin temblor, alegre,
y oír en las estancias apacibles
la canción de la vida.

MARAVILLAS
 
Cuánta alegría siempre
en ciertos hechos que a destiempo ocurren,
porque sí, cuando nadie los espera o los sueña:
este día de mayo en mitad de febrero,
y, abriéndose camino en su luz prodigiosa,
la muchacha que pasa y me mira y sonríe,
dulce complicidad de un solo instante,
regalo que no dura, afirmación
rotunda y delicada de la vida.
 
(De Oír la luz, 2008)

 



 
 
 
 
 
 
 

AUSPICIOS