Eloy Sánchez Rosillo
(Murcia, España, 1948)
Tarde de junio
Ahora, juntos, vivimos la hermosura
de esta
tarde de junio,
el fulgor
de las horas en que nos entregamos
al
conocimiento de la verdad del amor,
a la gran
llamarada del encuentro.
Ahora
sabemos que toda la alegría
cabe en el
mundo breve de esta habitación,
en el
espacio ardiente de este lecho.
La luz
cansada del atardecer
dibuja
sobre el tiempo islas doradas.
En un
rincón del cuarto
brilla la
enredadera de la música.
Un viento
súbito sacude nuestros cuerpos,
y lo
olvidamos todo.
Después
regresan las miradas lentas,
los gestos
satisfechos, las sonrisas.
Y luego
contemplamos en silencio
con qué
dulzura va cayendo la noche
sobre la indiferente ciudad que
nos rodea.
(De Maneras de
estar solo, 1978)
La
playa
Nadie
podrá quitarme —me digo— la ilusión
de soñar
que ha existido esta mañana.
Se ha
detenido el tiempo: oigo tu risa,
tus
palabras de niño. Nunca he estado
tan
conforme con todo, tan seguro
de mi
alegría. Juegas junto al agua, y te ayudo
a recoger
chapinas, a levantar castillos
de arena.
Vas corriendo de un sitio para otro,
chapoteas,
das gritos, te caes, corres de nuevo,
y luego te
detienes a mi lado y me abrazas
y yo beso
tus ojos, tus mejillas, tu pelo,
tu niñez
jubilosa. El mar está
muy azul y
muy plácido. A lo lejos,
algunas
velas blancas. El sol deja
su oro
violento en nuestra piel.
Me digo
que es
cierto este milagro, que es verdad
el inmóvil
fluir de la quieta mañana,
la ilusión
de soñar el remanso dulcísimo
en el que
acontecemos como seres
dichosos
de estar vivos, felices de estar juntos
y de
habitar la luz.
Pero escucho, de pronto,
el ruido
terrible y oscuro y velocísimo
que hace
el tiempo al pasar, y la firmeza
de mi
sueño se rompe; se hace añicos
—como un
cristal muy frágil— la ilusión
de estar
aquí, contigo, junto al agua.
El cielo
se oscurece, el mar se agita.
Siento en
mi sangre el vértigo espantoso
de la
edad: en un instante, transcurren muchos años.
Y te veo
crecer, y alejarte. Ya no eres
el niño
que jugaba con su padre en la playa.
Eres un
hombre ahora, y tú también comprendes
que no
existió, ni existe, ni existirá este día,
la
venturosa fábula de mis ojos mirándote,
la leyenda
imposible de tu infancia.
Estás
solo, y me buscas. Pero yo he muerto acaso.
Somos sombras de un sueño, niebla,
palabras, nada.
(De Autorretratos,
1989)
LUZ QUE
NUNCA SE EXTINGUE
Te
equivocas, sin duda. Alguna vez alcanzan
tus
manos el milagro;
en
medio de los días que idénticos transcurren,
tu
indigencia, de pronto, toca un fulgor que vale
más que
el oro más puro:
con
plenitud respira tu pecho el raro don
de la felicidad. Y bien
quisieras
que
nunca se apagara la intensidad que vives.
Después,
cuando parece que todo se ha cumplido,
te
entregas, cabizbajo, a la añoranza
del
breve resplandor maravilloso
que hizo
hermosa tu vida y sortilegio el mundo.
Tu error está en creer que la luz se
termina.
Al cabo
de los años he llegado a saber
que en
la naturaleza del milagro
se
funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su
apariencia efímera,
el
relámpago sigue viviendo en quien lo vio.
Porque
su luz transforma y ya no eres
el
hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos,
de que
en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.
No, la luz no se acaba, si de verdad fue
tuya.
Jamás
se extingue. Está ocurriendo siempre.
Mira
dentro de ti,
con
esperanza, sin melancolía.
No
conoce la muerte la luz del corazón.
Contigo
vivirá mientras tú seas:
no en
el recuerdo, sino en tu presente,
en el
día continuo del sueño de tu vida.
ACERCA
DEL JILGUERO
Para
empezar el día, anoto aquí
que de
todos los pájaros que yo he visto y oído
el más
mío de todos es sin duda el jilguero.
Cuando
digo su nombre mi infancia entera vuelve,
y
desando el camino y de nuevo retorno
a
aquella casa blanca cuyos muros se alzaban
en medio
de los campos, en el centro
del corazón
del mundo y del verano.
Y me veo
a mí mismo en la mañana de oro
—igual
que en el comienzo prometedor de un mito—
por vez
primera oyendo un canto que venía
de
dónde, de qué ser maravilloso y puro.
Escucha,
escucha, niño, y acércate despacio
al lugar
del que brota sin cesar
esa
música hermosa. No hagas ningún ruido.
Y poco a
poco llegas con tus pequeños pasos
hasta el
pie de un almendro. Pero miras
hacia
arriba y no ves más que hojas verdes
y cielo
azul. Insiste. No te muevas, y observa
con
atención. Insiste. Sí, ya veo, parece
que algo
se está moviendo en esa rama.
Por fin,
por fin lo ves: es un jilguero.
Lo ves
hoy y lo has visto para siempre.
Quién
podría olvidarlo. Lo viste, sí. Y yo ahora
lo sigo
viendo aún con nitidez
y apunto
emocionado en mi cuaderno
ese
cuerpo menudo que al cantar se estremece,
e
intento dibujar también la gracia
de su
rojo antifaz y la delicadeza
de su
ropaje pardo que se adorna
con
pinceladas blancas, amarillas y negras.
Canta,
canta el jilguero en la mañana
remota
del origen. Y después alza el vuelo
y se va
por el aire. Mas desde entonces vibra
en tu
oído, en mi oído y en la verdad más honda
su
canto de aquel día, su milagroso canto.
LUNA
Luna
llena que vas serenamente
haciendo
tu camino por el cielo de agosto,
cuánto
consuelo al corazón me traes,
qué
alivio siento al contemplarte hoy
sobre
este mar tan mío.
Me he
sentado a mirarte; te estoy viendo
ascender
en la noche
y
trazar tus efímeros enigmas refulgentes
en las
aguas que llegan a la arena
con un
leve murmullo.
No hay
nada semejante
a tu
luz compasiva, esa luz que restaña
tan
delicadamente las heridas
inevitables
y hondas del vivir.
Con
emoción te observo, y voy pensando
que
acaso sólo tú logras unir a veces
los
distintos momentos de mi vida
con un
hilo de plata:
en ti
se reconcilian y confluyen
los
seres diferentes que en mí se sucedieron,
y el
hombre que ahora soy, si tú lo quieres,
encuentra
en el amor de tu semblante mágico
al niño
que yo era y al muchacho que fui.
Déjame
que te cante,
concédeme,
señora, que mi voz te celebre
con
palabras muy puras,
y no
permitas nunca que mis versos traicionen
la
verdad que tú eres.
Que tu
fulgor me alumbre, que tu piedad me ampare.
Y que
cuando se acerque la hora final, mis ojos
te
busquen y te encuentren, o te recuerden, mientras
va acabándose
el tiempo y todo se termina.
(De La certeza,
2005)
MIRAR
Mirar
es poseer:
todo es
tuyo si miras,
aunque
el ciego te vea
con las manos
vacías.
OÍR LA LUZ
Debo
decir que cuando yo era niño
y en el
campo veía la densa muchedumbre
de
estrellas en los cielos del verano,
además
de mirar tanto fulgor,
podía
oír la luz: se escuchaba allí arriba
como un rumor
de enjambre laborioso.
EL
MIRLO
Al
mirlo hay que observarlo y entenderlo,
porque,
si no, puede llamar a engaño
ese
pronto severo que presenta
su
enlutado plumaje. A poco que lo mires,
verás
que nada tiene que ver con un misántropo
ni nada
parecido. Es muy alegre
debajo
de un atuendo que sin ningún alivio
persevera
en el negro. Pasa el día
realizando
trabajos de zapa en el jardín
con su
afilado pico de color calabaza,
y no
hay gusano por el que no muestre
interés
minucioso. Al levantarme,
suelo
salir a la terraza a ver
la
mañana que hace. Yo madrugo,
pero él
se me adelanta. Cuando miro,
se
encuentra siempre allí con su pareja,
saltando
tan ufano por el césped,
muy
repeinado y con la cola alzada.
Traza
pequeños y redondos vuelos
y a
intervalos ensaya sus metálicos cantos.
En
algunos momentos desafina,
mas
insiste y corrige sus errores.
Tantas
veces lo veo que, sin duda,
también
a mí me ha visto y me conoce,
y, al
descubrirme aquí, parado y pensativo
—no sé si, en ocasiones,
incluso hablando solo—,
seguro que a sí mismo se habrá
dicho:
«Qué tipo tan extraño. ¿Qué hará
ahí
un día y otro día casi a la
misma hora?
Desde luego, es bien serio, por
más que a ratos silbe.
Parece inofensivo, con la pinta
de soñador que tiene. Y qué
curiosa
su obstinada manía de mirarme».
LA CANCIÓN DE LA
VIDA
Que no
ceda tu espíritu
ante el
adverso día, hasta que al fin
no
tenga más remedio la miseria
que
soltar a su presa y retirarse,
ladrando
aún desde lejos.
Tan
sólo entonces te será posible,
libre
de daño o culpa,
de
cobardía o de complicidad,
regresar
a tu casa, abrir la puerta
con
confianza, sin temblor, alegre,
y oír
en las estancias apacibles
la canción de
la vida.
MARAVILLAS
Cuánta alegría siempre
en ciertos hechos que a destiempo ocurren,
porque sí, cuando nadie los espera o los
sueña:
este día de mayo en mitad de febrero,
y, abriéndose camino en su luz prodigiosa,
la muchacha que pasa y me mira y sonríe,
dulce complicidad de un solo instante,
regalo que no dura, afirmación
rotunda y delicada de la vida.
(De
Oír la luz, 2008)
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