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2010

Hugo Jaramillo Muñoz
María Fernanda Espinosa
Eloy Sánchez Rosillo
Isla Correyero
José Luis Díaz-Granados
Antonio Correa Lozada
Vilma Tapia Anaya
Malú Urriola
Mario Meléndez
Margalit Matitiahu
Margarito Cuellar
Víctor Cabrera
Carmina Estrada
Victoria Guerrero Peirano
Augusto Rodríguez
Ulises Estrella
Carlos Garzón Noboa
Carmen Inés Perdomo 
Nelly Córdova Aguirreo 10]>
 
 
 
FEDERICO DÍAZ GRANADOS
 

 


 

Nació en Bogotá en 1974. Poeta, periodista, profesor de literatura y divulgador cultural. Actualmente es codirector de la revista de poesía Golpe de Dados, profesor y coordinador de eventos literarios en el Gimnasio Moderno y miembro del comité organizador del Festival de Poesía de Bogotá.
Ha publicado los libros de poesía Las voces del fuego (1995), La Casa del viento (2000) y Hospedaje de paso (2004). La Universidad Externado de Colombia publicó una antología de sus poemas con el título Álbum de los adioses (2006) Además es autor de las antologías Oscuro es el canto de la lluvia (Antología de una nueva poesía colombiana, Alianza Francesa /Casa de Poesía Silva, 1997) e Inventario a contraluz (Antología de nueva poesía colombiana, Arango Editores, 2001), entre otras.
Es coautor de El amplio jardín (Antología de poesía joven de Colombia y Uruguay, Montevideo, Embajada de Colombia en Uruguay /Ministerio de Educación y Cultura de la República Oriental del Uruguay, 2005).




NOTICIA DEL HAMBRE

 

Me habita el hambre. Y todos me lo dicen.

No es el miedo ni la duda

apenas un ritmo intacto que no toca con su sal la orilla.

Es el hambre, quizá un leve testamento

o esta insistencia en destruir la casa

y renovar la piedra en sueño.

 

Es poco lo que recuerdo de mi a esta hora, el disperso,

el que a la intemperie es un poco de hierba,

una palabra sin traje con olor a otras tierras

y que mira con cara de extranjero todas las prestadas alegrías.

 

Llega el hambre con su mismo azar y su idéntico augurio.

La lluvia está debajo de la carne

y pocas cosas recuerdan al viejo amor

que ya no cuenta.

 

Es el hambre. Y todos me lo dicen.

No es el leve testamento ni la tristeza de las noches.

No es la poesía

ni la música que traduce el tiempo.

 

Un poco de hambre

y el cansancio de llenar la estantería de ausencias.

 

 


SUENAN TIMBRES

Homenaje a Luis Vidales

 

Golpean, llaman.

Suenan timbres en la casa.

Alguien busca algo a horas imprevistas.

Serán de la oficina postal

o los mormones ofreciendo Biblias

Algún extranjero despistado

o el mendigo que viene por su ración de pan.

Será la vecina que quiere hablar sobre la carestía

o su esposo el prestamista a cobrar los intereses.

Quizá el plomero

o la gitana a pronosticar malos días,

extrañas pestes y fuertes infecciones.

Quién golpeará a esta hora inoportuna.

No es el amor,

no es el hijo, ni mi padre.

Seguro será la muerte y el ropavejero

que vienen por mi cuerpo con su derrota

o el casero a desalojar,

que es lo mismo.

 

 CORRESPONDENCIAS

 

Ella me envió su foto

en el volcán del Himalaya.

Suya era toda la nieve y las cumbres.

Me envió fotos en una calle de Praga con una anotación:

“Las calles de Kafka, Holan y Hrabal no dejarán de pertenecernos”

y retratos en mercados de Estambul y Madagascar.

 

Llegaron postales de la sagrada Moscú

la Catedral de San Basilio, el Kremlin y el Café Pushkin.

En San Petersburgo recordó en el Hermitage

mi triste afición por la pintura.

 

Razones que no olvidó mis versos en Pere Lachaise

ni en la Avenida Corrientes ni en Constitución.

En la servilleta de un Pub de Dublín líneas de Joyce y Yeats

 

Se me pasó la vida recibiendo postales, retratos y razones

desde que me dejó con este frío

las nieves perpetuas de mi vida

desde aquella última vez...

 

ÁLBUM DE LOS ADIOSES

 

¿Qué sastre tejió estos cuerpos que nos visten de vida

remendados con lágrimas equivocadas

y cosidos con paños y parches de un viejo almacén de baratijas?

 

¿Cuál fue ese sastre que tomó las medidas

y con su dedal y aguja cosió los botones

de las secretas costuras y cicatrices del cansancio.

y climas repetidos en la áspera estación de la piel?

 

¿Qué extrañas prendas nos visten de vida

tejidas a la medida exacta de cada sed, de cada hambre,

del afán disperso de todos los comensales

que aguardan el agrio cereal del fracaso?

 

¿Y quién cosió los colores desconocidos al corazón?

¿Quién sabe como es el amor que vive debajo de estas ropas?

¿Acaso fue Dios con su bata de cirujano

enseñando el antiguo oficio de extraer costillas?

¿O fue aquella muchacha cuando me sonrió

en su día libre del paraíso?

 

 

 JAZZ DEL SOLITARIO

“La moneda cayó por el lado de la soledad”

Andrés Calamaro

 

El día de la creación

tendré semillas tuyas entre mis manos

y te dispersaré en el fértil territorio de cielos abolidos

o en la voz que persigue otras luces, otros fulgores.

Busca entonces la dirección de la guerra

no importa que tu ausencia sea del tamaño de la muerte

te buscaré al otro lado de la noche

cuando regresemos de esta  estación de adioses que es la vida.

 

 

INUTILIDAD DEL OFICIO

 

Cuánto se ha sacrificado para escribir estas líneas

cuántos pesares y melancolías

para asumir con dignidad la ruina y el abandono

y sobrevivir a la tragedia.

 

Y siempre habrá poesía

pero volveremos a las mismas y repetidas palabras

todos los temas están dichos

y habrá que repetir en cada verso

ritmos ya entonados, amores y muertes ya cantados.

 

Cuánto sacrificio para escribir algunas palabras de basura

cuántos sismos interiores.

Para que no las lean, se burlen o no aplaudan en un recinto.

 

 PEQUEÑO NOCTURNO

 

¿Ese temblor que pasa es la vida?

¿Y ante qué soledad es que hoy canto?

 

No sé de dónde provienen esos ruidos que en la noche asustan:

la caja de fósforos

las cosas que se cambian de lugar y no aparecen.

 

Suponemos que todo esto es el mundo

enormes colecciones de tristezas, llaveros y estampillas de mares lejanos.

 

Es acá donde sucedo

sin aduanas ni requisas

ni adioses a destiempo.

 

 

RETORNOS

No creo en retornos
pero este amargo corazón de casas viejas y calles rotas
late en cada regreso
sin gestos ni ademanes
y sabe que el mundo es un mal lugar para llegar

Y se regresa a escribir un poema que trate de una muchacha en un aeropuerto
que espera un avión de quién sabe dónde
o escribir sobre la carta que nunca recibí aquel sábado
escuchando el viejo casette con mis nostalgias favoritas
o sobre los versos robados a Salinas, Borges, Walcott
y las tardes de sol en el estadio de fútbol

No creo en los regresos
pero este seco corazón de otros días canta a destiempo
sobre el cielo que quema el nombre que una mujer que amé

No creo en retornos
pero mi vocación de viajero hace, que siempre que parto hacia la intemperie en el mundo
deje, como en mis días de boy scout, piedritas y migas de pan
para no perder el camino de regreso a tu cuerpo.

 

LOS ADIOSES

"Y solo puedo contar mis tristezas y recuerdos
Como un mendigo cuenta sus monedas en invierno"
Jorge Teillier

Hubiera podido obsequiarte
aquel cine donde vimos
Notting Hill y American Beauty

Hubiera querido regalarte los hoteles donde nos escondimos.
Me hubiera gustado ser el dueño del café en que nos despedimos
donde escuchamos tantas canciones que hoy son un soundtrack de nuestras vidas.

Y no hubo obsequios.
Y puse el cielo sobre tu cuerpo y lo volviste viento
puse el viento sobre tus ojos y lo volviste sueño
puse sueño en tu silencio y lo volviste noche
y esta noche no hay cielo, viento y sueño
que conviertan mi corazón
en una luz donde retorne el amor

Y es por este amor lejano y verdadero
que las palabras tienen música sobre el papel que nadie canta
como quien golpea durante horas una casa abandonada
como quien patea latas vacías en el corazón.

 

 

EL REGRESO

 

Regresar de los viajes

con la urgencia de quien ha conocido

la única moneda de la muerte,

contemplar los libros regados en el piso,

rastrear y limpiar los discos y los afiches de antiguos festivales.

Sacudir los muebles

y saludar de mala gana a los vecinos que no nos han extrañado,

abrir la revista que quedó inconclusa en la mesa de noche

y saber que otro amor la releyó.

 

Regresar de los viajes

y acomodar los souvenires  y las postales en un lugar

que no ha sido preparado para ellos.

Reacomodarse y organizar la pobreza en las gavetas,

Y trastearse como el amor, siempre de afán.

 

Se ha cambiado tantas veces de casa, de gustos, y de vida

que ya se aprende a respetar a los viejos inquilinos.

Ante el cansancio hacerse un lugar entre la gente,

saber que se estorba, que solo ebrios nos quieren los amigos.

 

La vida cierra las persianas

Y uno no se encuentra con su cuerpo,

acostarse a contar las nuevas cicatrices,

desayunar con la nostalgia de los rostros dejados

y en soledad saber  somos algo incompleto a la deriva,

una larga temporada baja a la que siempre se retorna

 

A ALGUIEN DEBES AMAR

 

A alguien debes amar:

Al montón de ruinas que te rodean

a las sirenas que anuncian la guerra

a las parentelas que te narran historias del rencor

y luego te cobran la expulsión del paraíso.

 

Ama a las mujeres, a todas,

a la desconocida

a la del rostro perfecto

a la contrahecha y jorobada

a las que se alejan con sus maletas intactas

a las siempre ajenas

 

Seguro el amor un día tendrá su exacta receta

y sabremos por qué la bruma se quedó a la intemperie

de los besos perdidos y los abrazos nunca dados

y por qué la risa parece algunas veces un saco prestado

que nos queda grande y nunca nos encaja

que huele  a pieles extranjeras en sus bolsillos.

 

Se debe amar con sus múltiples heridas

y su inventario de hemorragias y lentas convalecencias

no se debe temer a sus papeles quemados

ni a sus amuletos y talismanes de cada cita

ni a los sollozos que dejaron vacía la alcoba el último día.

 

A alguien debes amar cada instante de la vida

y regresa amarrado a un pedazo de estrella.

No demores la llegada del alba  a estas tierras.

 

Es un duro oficio y raro asunto este del amor

pero toma  hoy muchos apuntes para el gozo

que la mañana que hoy ves frente a tus ojos

hace siglos está detenida en la misma cuenca

esperando

con el mismo afán de las palabras

a la hora de llegar al cuerpo.

 

A Juan Felipe Robledo y Catalina González Restrepo

 

 


 


 



 
 
 
 
 
 
 

AUSPICIOS