Julio Pazos Barrera (Baños de Agua Santa, Ecuador, 1944). Doctor en
Literatura,
Director de la revista Letras del
Ecuador y de la Revista América. Ha
publicado los poemario: Ocupaciones del
buscador (Quito, 1971), Entre las
sombras las iluminaciones (Quito, 1977), La ciudad de las visiones (Premio Nacional de Literatura “Aurelio
Espinosa Pólit”, Quito, 1980) ), Levantamiento
del país con textos libres (Premio Casa de las Américas, Cuba, 1982, 2da.
ed., Quito, 1983; 3ra. ed. Quito, 1992), Oficios
(Quito, 1984), Personajes volando en
un lienzo (Cuenca, 1985), Mujeres
( Premio Jorge Carrera Andrade del Municipio de Quito, Quito, 1988) ), Constancias (Quito, 1994), Holograma (Quito, 1996), Días de pesares y delirios, (Quito, 2000), Documentos discretos (Quito, 2003); La peonza (Quito, 2006) ensayos literarios y de apreciación de arte
en diarios y revistas del Ecuador. Poesía
Junta (Quito, 2008, 2da.edición, Casa de la CulturaArte
de la memoria (Quito, Paradiso
editores, 1998), La cocina del Ecuador,
recetas y lecturas (2005). El Sabor
de la Memoria. Historia
de la cocina quiteña (2008,
FONSAL). “Benjamín
Carrión”). Ha publicado el tomo de ensayos
EXPERIENCIA
Mirar
el cuerpo dormido causa horror:
allí la
cabeza desprevenida
como el
gran nimbo inmóvil
ajeno
al esbelto pecho del cielo;
allí
hombros y brazos,
abandonados
maderos
en las
afueras del bosque;
allí
las piernas,
cordilleras
erosionadas
en la
vastedad del desierto.
En la
curva del tiempo
el
cuerpo dormido
es otra
nave viajera.
El
horror se disipa
cuando
el cuerpo dormido
entra
en el ritmo de la transformación:
allí es
cándidas rosas que cantan,
allí es
banderas altivas
sobre
frondosos aguacates;
allí es
cuerpo dormido que asciende
como el
humo del incienso
en la
procesión matutina de barrio;
allí se
multiplica
en
ristras de piñuelos
suspendidas
en arcos de espóndylos calcifer
iluminados
con la luz de cualquier mañana.
EFUSIÓN
Retorno
al beso,
a ese
más blanco y dulce
que la
carne de la chirimoya;
a ese
que me acompaña
con sus
alas vibrantes,
mojadas
con la sangre
que
derraman los dioses
en sus
noches de fiesta.
El beso
se repite
y me
camina
en toda
la extensión
de la
selva del cuerpo.
Se
trata del beso que vaga en las cimas de la ideología burguesa
como si
fuera una liviana hoja sin memoria
o es el
remanente de convulsiones colectivas
que
aguarda escondido detrás de las banderas,
junto
al afán de cambiar de nichos a las cosas.
Es el
beso programado en la cadena de la vida
que se
formó en el abrazo del agua y la candela,
antes
de los cafetos,de los tucanes,
de los metates que se suspendieron en el lodo
volcánico.
Me
gusta retornar al beso
porque
me place en su compañía vagar en esta latitud
tan
contenta de sus campanarios, de sus nardos, de sus danzas colectivas…
TURBIEDAD DEL ACTO LITERARIO
Denominan
poemas a ciertos testimonios
que se
presentan a unos lectores
inmersos
en otros problemas.
Entre
tanto, en el mundo de las comparaciones
el
cuerpo guarda muchas almas
que
escriben y se borran.
El
cuerpo se muda o se deshoja.
Me miro
y descubro una pálida bromelia
en el
sitio del corazón.
Me
contemplo y observo a muchos individuos
que
inmóviles ascienden en la escalera mecánica.
En el
cuerpo se involucran pasado y futuro,
mientras
el monólogo es cada vez más incoherente.
En
verdad, no entiendo en qué cuerpo
me nace
la sombra, me gobierna el estallido.
En
estado de rumor, los vacíos del discurso
son
exhalaciones de color magenta.
Dicen
esos seres monoalados:
allí va
el imaginador ebrio
a
balancearse en las sombras que deja el sol
en los
cipreses arreados por el viento.
MANÍA DE REDACTAR MEMORIAS
En un
instante imprevisto
el
organismo se complica con la historia.
¿Por
dónde comenzar?
Se
trata de la barahúnda de los seres
reproducida
con el lenguaje.
Los
tiempos verbales son como las paredes del recinto,
con la
cinta interminable de sintagmas
compongo
la algarabía de la fiesta.
Una
emoción tiene una palabra por cabeza,
dos
palabras por hombros,
tres
palabras por torso;
la
ansiedad es un desfile de sílabas.
A veces
someto a revisión las reproducciones parciales,
como
hacen los ebanistas con los artesonados mudéjares.
En
ocasiones pienso que un inspector
examina
con cuidado el lenguaje
y que
hace un gesto indefinible
si
encuentra un jifero fuera de lugar,
un
halago desmedido, una pileta sin agua,
una
soledad vagando en la meseta.
Se
suele describir la vaga percepción del entorno:
arroyuelo,
árbol de chamburos,
mariposas
blancas,
escombros
tirados en la calle.
El
tiempo, por el efecto denominado palimpsesto,
conserva
esta imagen:
fue una
tarde del último día de diciembre
cuando
en la esquina de la plaza
apareció
el payaso
con
careta blanca y bonete.
Blandía
un tolete y reía.
Daba
zancadas y gritaba.
Su
lección decía de mujeres
que
atrapaban a muchos hombres,
de
viejas que tenían cejas
como
ásperas colas de ratón,
de
avaros viejos, de gendarmes
enamorados
de sirvientas.
Las
verduleras le aplaudían.
Desde
la balaustrada un cura
espió y
puso cara de susto.
El
payaso invitó a la fiesta
y se
marchó.
Años
más tarde leí en
La
Construcción de
la Muralla China
que el
hombre es de polvo indoblegable
y no
soporta ataduras.
Encadenado
por sí mismo, pronto romperá la cadena
el
pedestal, su propio andamio,
y
arrojará los pedazos en las cumbres y el llano del cielo.
El
recurso del documento encontrado que usan los novelistas
para
oponerlo a una vida sin acciones heroicas.
El mapa
lleno de mares, montes y ciudades
junto a
la madreselva que observa en silencio.
Tengo
la impresión de no haber oído el discurso,
la
lectura, las instrucciones de las prácticas docentes.
Solo me
camina el deseo de la fiesta, del domingo,
del
beso en el solitario bar. ¿Habrá muerto?
Una
noche la soñé paseándose en el aire.
El azar
me colocó en ese lugar
con
mucha lluvia
con
aire tibio
con un
cine
que
estrenaba una película por semana.
Me
dediqué al semillero
que el
profesor de agropecuaria abandonó en la bodega.
Caía el
Decálogo, abrumaba
la
Declaración de los Derechos del Hombre,
trituraban
los peligros de las relaciones sexuales.
El
aroma del pan hacía sus maniobras.
Metía
su flexible cuerpo por la puerta principal
y
danzaba delante de los pupitres
a las
diez de la mañana con gorriones en el patio
yfina lluvia relajada en las baldosas.
Una
adenda contiene la fotocopia del documento auténtico.
Es una
página suelta,
liberada
de un libro desconocido.
Mientras
viajaba en autobús y miraba la campiña,
reorganizaba las hoyas en países.
Me
posesionaba de territorios limitados con río, colina, bosque.
Observé,
merced a esta ilusión,
el
color de la tierra, el perfil de los lecheros,
la
velocidad del agua, la inestabilidad de las sombras,
las
trayectorias de caminos sin terminar.
¿Era el
vago deseo de compartir otra realidad?
¿Presentía
el rumbo del viajero
que
escarbaba en su interior sin descanso,
mientras
ignoraba otros sufrimientos,
otras
insoportables ansiedades?
En una
glosa al margen aparece una imagen de invierno
con nieve en las aceras:
prostitutas
de San Pauli se pasean con el ombligo descubierto
y
perros aniñados y falsas pieles.
Su
elegancia contrasta con las prostitutas pobres de un barrio de Quevedo,
aunque
su oficio es el mismo y todas se presenten
coronadas
con laureles y margaritas de oropel.
Este es
uno de los antecedentes para la introducción:
desde
mi camastro,
en la
noche despejada,
veo las
estrellas sobre la mancha de la montaña.
Me
incorporo.
Llegan
las canciones desde algún aparato
que los
viejos vecinos han olvidado
en la
profundidad de su sueño.
Me
represento vagando en la calle lejana
como
individuo común
que
confirma su existencia
debido
a la restitución de una caricia.
Examino
la disposición de los muebles
y del
cubrecama.
El
cuerpo bien dispuesto en el lecho
simula
un madero que la corriente abandonó en la ribera.
Otro
capítulo trata de la celebración
del
pronombre de primera persona del plural
y de
oraciones impersonales.
Este
cielo, esta tierra, este mar
abiertos,
plácidos a veces y crueles con frecuencia
pertenecen
a todos.
Hay
arrozales removidos por el oreo
al
compás de las alas de las garzas.
Hay
eriales, en la noche inmensa,
que
dejan en libertad la tela brillante del espacio.
De
nadie es el cielo, el mar y la tierra;
más allá del horizonte
voces
perdidas se deslicen como locas doncellas.
En el
remanente que se deja para el epílogo
aparecerán
las mismas representaciones
matizadas
con sutiles veladuras.
Debido
a la ausencia de los seres queridos
cambia
el reflejo de la bujía en el café.
Se
modifica el texto de la ciudad.
Leves
añadidos se suman al jaez de las palabras.
En
algún lugar del segundo anexo
se leen
estas líneas:
En esta
tarde me lanzo al espejo.
Del
cuerpo enteramente me desvisto.
Nada de
mirlo, nada de vencejo.
Es una
sombra y reflejo imprevisto.
Lágrimas,
¿dónde? Sopor del marasmo
y el
fulgor de la caricia y la euforia
que
termina en la curva del espasmo
y en el
polvo falaz de la memoria.
Aquel,
yo, él, en el cuarto silente.
Retrato
de sujeto innominado.
Intento,
ensayo, fugaz relente.
Salgo
del espejo, no soy el mismo.
Siempre
aturdido, siempre alucinado,
camino
por el borde del abismo.
En otro
capítulo se desciende
al
submundo renuente a la composición.
No sé
si en esa atmósferalas visiones
se
agitan sobre las crestas de los sauces.
Me veo
en la profundidad de los óleos.
Oigo canciones afinadas en otras páginas.
Celebro
los alimentos con ángeles y pegasos
que se
reflejan en los fondos de las cacerolas.
¿Comenzar
el relato con el desagradable olor de los tiranos?
¿Olvidar
la complicidad de sus mujeres?
Hicieron
de la tierra una sórdida pocilga.
El
horror de compartir el mismo aire
se
adhiere al relato helicoidal.
¿Por
dónde comenzar?
Manía y
prurito de un sujeto sin el don de la danza,
sin la
destreza del colibrí que se aprovecha de la flor del níspero.
¿Por
dónde comenzar?
¿Dónde
se pierden los tañidos de las campanas?
¿Dónde
los niños se acostumbran al sabor del chocolate?
En
verano, ráfagas indolentes arrastran hojas secas en la calle,
del
mismo modo, el individuo apremiado por otra redacción
abandona
la estancia y se aleja.
¿Volverá
la manía? Se pregunta
mientras
acelera y trata de suspender la constante transformación.