RAFAEL ESPEJO
Rafael Espejo (Palma del Río , Córdoba, 1975 ). Licenciado
en Filología Hispánica por la
Universidad de Granada, ejerce de profesor de español para
extranjeros, de gestor cultural en programas de fomento de la lectura, de
lector para la editorial de poesía Pre-textos y de colaborador como articulista
de opinión y crítico literario en diversos medios. Su obra aparece en diversos
recuentos y antologías de la poesía reciente y parte de su obra ha sido traducida al
inglés, al francés, al portugués y al italiano. Su obra
literaria se compone de: El círculo vicioso (finalista del Premio Federico García Lorca de 1995,
Granada, Universidad, 1996). Con (Granada, Cuadernos del Vigía, 1999). El
vino de los amantesex
aequo del Premio Hiperión . Nos han
dejado solos (Valencia, Pre-textos, 2009), que resultó ganador del X Premio de Poesía Emilio Prados . Sus poemas aparecen en antologías de poesía española contemporánea Un
siglo de sonetos en español (Hiperión, Madrid, 2000). Edad presente.
Poesía cordobesa para el siglo XXI, (Vandalia, Sevilla, 2003). Veinticinco
poetas españoles jóvenes (Hiperión, Madrid, 2003). Los lunes, poesía.
Antología de poesía contemporánea para jóvenes (Hiperión, Madrid, 2004). 33
de radio 3, (Calamar / Rne3, Madrid, 2004). Deshabitados (Maillot
Amarillo, Granada, 2008). Publica con regularidad crítica literaria en diversas
revistas de poesía (La
Estafeta del Viento, Hélice, Istmo, Paraíso,
Cuadernos Iberoamericanos, etc.) y otros volúmenes compilatorios, como: Hace
falta estar ciego. Poéticas del compromiso para el siglo XXI (Visor,
Madrid, 2003). Alí Chumacero: Páramo de sueños. Antología poética (Pre-textos,
Valencia, 2008). (Madrid, Hiperión, 2001), que resultó ganador como:
MADRIGUERA
Desde las
mantas,
como el vaho
de un horno,
sube su
aliento rancio en la mañana:
huele a barro
el regusto
lechoso y fermentado
de su sueño en
la boca.
Con hilillo de
baba
seca en la
comisura de sus labios
y un sudor
aceitoso surcándole la piel.
Las greñas
enredadas.
(¿No desean lamerla, retozarse con ella
como serpientes entre hierbas altas? )
Así la quiero
yo: hedionda,
envuelta en la
placenta de los días;
presta para
nacer entre mis brazos
con las
primeras gotas de una luz
que la persiana filtre
macerando sus
ojos.
Así. Pura
mujer. Sin trampas.
Pestilente. Fluvial.
Inmaculada.
Apaguemos la
vela y en silencio
hagamos el
amor palpando sombras.
Que crujan de
placer nuestros desnudos.
Que las ondas
de aliento entrecortado
te rosen el
fulgor de los pezones.
Probemos de
esta miel la noche toda.
Luego me
marcharé sin despertarte:
no dejaré
ningún beso dormido
sobre tus
labios blandos y entreabiertos.
Y olvidaré las
calles que desande,
por si vuelve
a surgirnos la ocasión
de querernos
como desconocidos.
Un dedo masculino
y corazón
surca las
languideces de esos labios
débilmente
entreabiertos.
Se siente un
leve soplo.
Tras los ojos
cerrados
cada cual
imagina el lento beso
que comienza a
brotar.
Saborean.
Demoran el deseo.
Los amantes
quisieran comprobar la emoción
desde el
cuerpo del otro,
fingen que
fingen.
Quieren hacer
un beso
que la lluvia
del tiempo no erosione.
Que permanezca
mínimo y total.
El beso que
han soñado tantas veces.
Y cuando al
fin comparten la saliva
les queda la
impresión
de haber
equivocado algún detalle.
DE NOCHE, LOS DOMINGOS
De noche, los
domingos son más tristes.
Ayuda la
impresión bobalicona
de la distante
luna, cuyo velo de flema
irreal se
contagia:
las familias
se arropan a la lumbre
eléctrica, o
apuran
los restos de
la cena quedamente,
pensando ya en
la paz merecida del catre;
descienden el
telón de las persianas
y se rinden al
sueño de sí mismas.
“Que nadie nos
moleste”
digo entonces,
“vámonos a un
rincón”.
Me aprietas
silenciosa. Tú también tienes frío.
Pero los dos
sabemos que quizás
sea mejor así,
caminar
solitarios los recodos del pueblo
y a espaldas
del convento
–piedras
despellejadas con verdín-
nuevamente
entregarnos en un culto
feliz porque
salvaje:
dos mamíferos
que luchan
contra el medio por conservar no más
que su sangre
caliente.
BODEGÓN
Sobre una mesa de madera pobre
y en cuenco de
terrazo,
unos trozos de
pan y tres naranjas
acompañan al
vaso ensombrecido
de vino rojo.
La pintura del
lienzo está rugosa
como la idea:
naturaleza
muerta,
las estrías
del tiempo,
la luz
fosilizada.
No hay nada en
él de humanidad.
La mano que
indagaba en las esencias
sólo plasmó lo
estéril
(ni polvo
quedará de aquellos dedos).
Pero debajo,
tras una de
las grietas del color,
nace el
milagro de la primavera:
una colonia de
hongos
reivindica, orgullosa,
la
regeneración de la materia
en el arte
insensible,
mortal como la
carne
y acaso tan
hermoso.
De El vino de los amantes
(Hiperión, 2001)
PRINCIPIO
Y FIN DE
LA SIESTA
Saciados el
estómago y el sexo,
¿qué queda?
Mullo el
vientre calmado de mi amiga,
que
entrecierra los ojos
y apenas
corresponde:
un roce, como
ondas
erizando sus
hebras.
Desnuda, libra
la gravedad
de los
acantilados
bajo el
plácido vuelo
de los pechos
(el corazón,
poroso y rojo,
serena nuestro
canto en su caverna).
Si se ovilla
es un monte
que ofende en la sabana
la aridez del
ocaso,
Y late
con pulso
adormecido
una
respiración secreta, vegetal:
oigo el musgo
crecer sobre su pelvis.
La calavera
rumia el sueño de su vida
como el mar en
las conchas deshabitadas:
¿Qué reverso del mundo
he de aceptar por no quedarme solo?
Y este beso, ¿se filtra
como vaho en su hipnosis?
¿Es el aliento dulce del incienso
o acaso niebla baja
que sonrosa los bordes
de mi amiga?
Duerme,
duerme sobre
nosotros
un cielo
ensimismado
mientras cruza
su frente
esa nube que
apaga,
un momento, la
tarde.
Cuando unas aguas se diluyen
en más agua
crece el anonimato del mundo.
También a las hormigas,
mientras portan el grano y lo almacenan,
las atrae esa muda voluntad
integradora.
Si una presa es cazada
la vida toma impulso en el depredador.
Y el viento siempre vuelve,
y la luz nunca acaba,
y las nubes suceden a las nubes…
Algo con insistencia está pidiendo
que me salga de mí si yo contigo.
Quien esconde un amor,
quien va celosamente almacenando
entre algodones la semilla
nueva,
se desvela hacia adentro,
se desvela
como brilla la luna al mediodía.
Al final de estos brazos unas manos
para tocar por gusto
o acercarle sustento
a la boca que pía.
Igualmente dos piernas acopladas
al tronco: lo pasean
con sus lagares dentro,
con sus filtros y bombas,
sus engranajes sordos.
De perfil me embellecen
un ojo y una oreja, media nariz, dos labios
mitad sobre mitad.
Y duros huesos a los que se enredan
músculos trepadores
regados por la sangre que heredé,
todo cubierto de porosa dermis
mal abrigada por vellosidades.
Pero yo, que habito una región
ignota en el cerebro,
sólo me reconozco íntegramente
en el pene y los testículos:
esos ojos no natos con trompa umbilical,
reliquias ancestrales
de las eras biológicas que confluyen en mí,
pura animalidad que me despierta.
¿Para qué sirvo entonces,
a qué puedo aplicar estos dispositivos,
exactamente qué he venido a hacer?
Vivir, pero además
vivir consciente,
vivir como si solo
fuese real la vida.
Y dar gracias a ciegas
a quienes me engendraron,
gracias al niño que me trajo aquí,
gracias a las muchachas,
al perro que me sigue y a la flor transitoria,
a la llovizna mística, a la luna de agosto,
gracias a los viajes que al llevarme
me hacen creer en casa,
y a las drogas felices, y a las decepciones
que me tienen humilde.
Esto soy. Gracias,
enormemente gracias.
Aunque, en verdad, no era necesario nada de esto,
muchas gracias.