Nació en Arriaga, Chiapas, en 1973. Cursó estudios de letras hispánicas
en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de
México
(UNAM). Es autor de la plaquette de
poemas culinarios Diez sonetos
(2004), del volumen de fábulas y
minificciones Episodios célebres
(2006), y de los libros de poemas Signos
de traslado (2007) y Wide Screen
(2009). Poemas suyos han sido recogidos en muestras y antologías de
poesía
mexicana reciente. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo
Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en el rubro de poesía,
durante el
periodo 2006-2007. Desde 2004 es editor de la Dirección de Literatura de
la
UNAM.
Poemas de Víctor Cabrera
Poemas de Víctor Cabrera
Huevos
1.
Cascarón,
frágil alabanza,
delicado
culo de doncella,
la mirada más febril
―la más artera―
te hará palidecer,
quebrarte de vergüenza.
2.
Yema solar,
estrella de pura
proteína:
¿Qué galaxias sueñas
en tu prisión de
calcio?
3.
Yo tuve, en tierra adentro,
una novia muy pobre...
R.L.V.
Y yo tuve una novia
viscosita y
transparente.
Llamábase Clara:
fluían por mis dedos
sus ricos nutrientes.
4.
Somos
seres luminosos, Luke,
no sólo esta tosca materia.
Yoda
Espectro de ti como el
silencio
¾todo
coraza de ausencias¾,
sólo en el calor te
haces concreto.
Allí la ebullición
consuma sus misterios,
su ocioso discurrir de
doméstica tormenta.
(Así el calor nos
vuelve a nuestra tosca materia).
Y brota de las aguas
¾compacto
tras su sábana fantasma¾
tu cuerpo verdadero.
5.
¡¡¡Albricias!!! :
del huevo de Pascua
ha nacido un pavo real.
Dos calaveritas
Gumersinda
Morales Nava
(Chilapa, Gro. 1918- Ciudad de México, 1997)
En este cráneo de petrificada azúcar
he puesto el recuerdo de mi abuela:
la que tejió el mantel
del tamaño de su mesa,
la que de niño me mostró
el valor verdadero de las cosas
gastándose conmigo
su fortuna de pobre
en objetos inútiles
pero que a ambos nos gustaban
o en aquellos viejos cines
de la colonia Roma
a los que me llevaba a ver
esos churros estupendos
de
la India María
y del peor Cantinflas,
y donde una vez rompí el asiento
a golpe de pura carcajada.
En este duro hueso
de azúcar que el tiempo amarillea
está la niña Gume,
mi tatita,
la edulcorada flor diabética,
cuya muerte no lloré
sino después de muchos meses,
un mediodía soleado en el que,
justo como ahora,
la memoria me asaltó con su vaho repentino
en medio de una calle
entre la gente.
América
Martínez Castillejos (
La
Calera, Chiapas 1916-Tuxtla Gutiérrez, Chiapas 2001)
Desde la lentejuela azul
de los ojos de esta calavera
se eleva como un árbol
en medio del silencio
la risa de mi abuela,
su voz,
con la que me enseñaba a recitar
aquellos versos cursis
y pasados de moda
que fueron, sin embargo,
mi primera poética.
La misma voz,
como nacida en la hondura del odre,
con la que salmodiaba a cada uno de sus nietos
y en la que la injuria
ganaba para todos nosotros
el tono amoroso del rugido
mediante el cual algunas fieras
convocan a su grey:
"Y de a'i, vos re’cabrón,
hijo de la chingada",
me saludó la última vez
que nos vimos en Tuxtla,
con los brazos abiertos y sus ojos anegados,
presintiendo ya que en ese gesto
me entregaba también su despedida.
Pobre Mequita,
qué pensaría ahora si me viera
escribiendo para ella una elegía,
con estos versos que, además,
no riman como a ella le gustaba.
Dos
poemas
A los
tocayos
Una noche en La Ópera
Entre
la V
cerveza y la 11ª
el
mundo se diluye, va perdiendo consistencia.
Todo
es simple y al mismo tiempo complicado,
como
si miraras a través del agujero
que,
según cuentan algunos, Pancho Villa
abrió
en el cielorraso de un plomazo
por
conferirle así al local
(aburguesado
y caro ya de entonces)
su
aura de tugurio legendario.
A
la fecha muchas cosas han cambiado:
Encima
de la barra, en la pantalla,
parpadea
el aburrido Atlante-Pumas
que
exhibe la miseria del sábado en la noche.
―
Lo que le falta al partido es ofensiva
―masculla
un diputado con licencia
que
cambió su curul por una mesa un poco más discreta
después
de ser
exhibido
―en Cadena Nacional―
recibiendo
ya fuere algún soborno ya
los
bucales elogios ―al buen entendedor…―
de
algún muchacho Ganímedes de oficio.
En
tanto, el cronista deportivo
se
desgañita narrando hazañas que sólo ven sus ojos.
En
vano, pues quién podría escucharlo
entre
el trajín de copas y de platos
que
amablemente prodigan los meseros
donde
el aire es de por sí
un
caliente consomé de risotadas.
―
Lo que al partido le falta es delantera
―necea
el ex tribuno sobándose los destos.
De
veras que las cosas han cambiado:
El
salterio ―un clásico del lounge―
repite
sin cesar el loop de una rolita porfiriana.
―
¡Pero qué re’ chulo es todo, viejo!
―le
susurra a su ¿marido? la doñita que parece suripanta.
Todo
es a un tiempo sencillo y complicado
(¡¿Ya
lo dije?!):
¡Pos’
que traigan las otras, qué chingaos!
Ya
llegará el momento de alzar la voz para injuriarnos
en
defensa del verso más jediondo
de
nuestro peor poema (este mismo, por ejemplo)
o
de escupir algunas heces dignas de estos sagrados alimentos
―el
maître nos ha recomendado el huachinango deshuesado en salsita de cilantro.